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Mochlos (Μόχλος) ha conservado el aire pausado de un pueblo junto al mar. Apenas un centenar de personas vive aquí todo el año; tabernas y casas bajas bordean la orilla, y a su lado se abren calas de guijarros y pequeñas playas tranquilas. Al pueblo se llega por curvas cerradas que descienden hasta el mar desde la carretera nacional en Sfaka o en Tourloti, con los montes de Ornos a la espalda, que lo aíslan del resto de la isla. El agua es transparente, no hay grandes complejos hoteleros, y en el paseo se está sentado a la vera misma del mar, sin tráfico de paso que turbe la paz: un lugar para esos días en que no se tiene otro propósito que nadar, leer y comer pescado.
Frente al pueblo, a unos 150 m de la orilla, queda el islote de Agios Nikolaos, así llamado por la blanca capilla de San Nicolás, patrón de los navegantes. En los mapas venecianos figura como «Scoglio de Muflo». El estrecho apenas supera los dos metros y medio de profundidad; los nadadores avezados lo cruzan en unos minutos, aunque es más cómodo pasar en la barca de un pescador, cosa que se arregla preguntando en las tabernas. El islote es zona arqueológica protegida: el desembarco y la visita solo son posibles dentro de la normativa vigente, no debe caminarse sobre los muros ni recogerse fragmentos de cerámica.
Los primeros pobladores llegaron en el Minoico Antiguo, aproximadamente entre 3650 y 3000 a. C., y a mediados del III milenio el lugar se había convertido en una aldea grande con casas, calles y talleres. Gracias a su posición en una bahía natural – más exactamente, en dos fondeaderos resguardados a uno y otro lado de una lengua de tierra –, Mochlos llegó a ser un nudo importante del tráfico marítimo. Por este puerto entraban en Creta la obsidiana de la isla de Melos y materias primas del Próximo Oriente, y más tarde el cobre de Chipre en forma de lingotes de piel de buey; vasos de piedra inspirados en modelos egipcios atestiguan vínculos tempranos que alcanzaban hasta el Nilo. En el islote y en tierra firme han salido a la luz barrios de viviendas, talleres, tumbas y huellas del puerto de trabajo, y el asentamiento siguió desarrollándose a lo largo de los períodos minoicos siguientes. En su apogeo ocupaba algo menos de una hectárea y albergaba a unos centenares de personas.
El yacimiento lo descubrió en 1908 el estadounidense Richard Seager, que sacó a la luz partes del poblado y la necrópolis del Minoico Antiguo en la ladera occidental del islote. Se la tiene por uno de los cementerios mayores y más importantes de su época en Creta: más de veinte tumbas construidas, dispuestas como pequeñas casas – las más suntuosas, dos grupos de tres cámaras, en una terraza al oeste; las más sencillas, en la ladera sur –, junto con enterramientos en tinajas, en abrigos rocosos y en simples fosas. Nikolaos Platon trabajó aquí en los años cincuenta; Jeffrey Soles trazó el primer plano completo de la necrópolis en los setenta, y desde 1989 excava una misión grecoestadounidense dirigida por Soles y Kostis Davaras. Esta halló la ciudad neopalacial de hacia 1700–1430 a. C., con callejas que se cruzan en ángulo recto y casas de dos y tres plantas dispuestas en terrazas ladera arriba, y un barrio de artesanos en la orilla opuesta, donde se trabajaban la cerámica, los tejidos, el bronce, los vasos de piedra y el marfil. El edificio mayor, en el borde noroeste de la ciudad, era una casa ceremonial de tres plantas revestida de arenisca labrada, con dos criptas de pilares en la planta baja; otro, la llamada Casa del Mercader de Metales, contenía depósitos de bronce. La ciudad fue destruida en tiempos de la erupción del volcán de Tera y reconstruida de inmediato; pereció definitivamente por el fuego.
En uno de los grandes edificios y en las tumbas se encontraron joyas de oro, diademas, sellos, vasos de piedra, dobles hachas y herramientas, además de vasijas de plata. Se hizo célebre un anillo de sello de oro que muestra a una diosa en una curiosa barca. Estos hallazgos dan testimonio de una comunidad próspera y de una artesanía muy desarrollada: las joyas de oro, los sellos de piedra y los vasos de esteatita y de serpentina se fabricaban en el propio Mochlos, y al lugar corresponde bastante más de un tercio de todos los objetos de oro conocidos de la Creta del Minoico Antiguo. Una parte considerable del material se guarda en los Museos Arqueológicos de Heraclión, Agios Nikolaos y Sitía; este último posee una primorosa caja de marfil procedente de una de las casas de la ciudad.
Tras el fin de los palacios la ciudad quedó reducida a un puñado de casas dispersas, pero siguió habitada; en la playa de Limenaria se descubrieron en 1986 tumbas de cámara micénicas, una treintena en total. Hubo cierto poblamiento en la cima en el siglo VII y de nuevo a finales del V a. C. En el siglo I a. C. el islote recibió una muralla en sus lados norte y este, presumiblemente por orden de la poderosa Hierápitna, la actual Ierápetra, y el asentamiento de aquel tiempo incluía un edificio de ocho estancias para la producción de aceite o de vino. Aquí se vivió hasta época bizantina, cuando hubo una alquería y la cima volvió a ocuparse, hasta que las incursiones de los piratas ahuyentaron a los habitantes.
En la Antigüedad el islote estaba unido a tierra firme por una estrecha franja de tierra. La paulatina subida del nivel del mar y los terremotos que hicieron hundirse la costa alteraron la orilla y convirtieron la península en isla. Un vivero de peces tardohelenístico de la costa se encuentra hoy casi dos metros más bajo que cuando estaba en uso: una medida elocuente de aquel movimiento. Con la desaparición del istmo, Mochlos perdió sus dos puertos y, con ellos, su importancia. Los restos de edificios antiguos sumergidos se distinguen desde una barca; el buceo requiere permiso y la estricta observancia de las normas de protección.
Al oeste del pueblo está la playa de Limenaria, de guijarro fino. Conviene a quienes gustan de mayor soledad, pero apenas hay sombra natural y el fondo cae con rapidez: se impone la prudencia con los niños pequeños. Mochlos es un destino por derecho propio y también una etapa en un recorrido por los yacimientos arqueológicos de la Creta oriental, combinado, por ejemplo, con Gurniá, Vasilikí y el museo de Sitía.