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Lato: la ciudad de las dos colinas y el corazón político de la Creta oriental

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La antigua Lato (Λατώ) se asienta en un collado de montaña entre dos colinas, unos tres o cuatro kilómetros más allá del actual pueblo de Kritsá y a una docena, poco más o menos, de Agios Nikolaos. Desde la carretera de acceso cuesta al principio distinguirla: sus murallas, casas y edificios públicos se funden con una ladera gris verdosa de olivos y matorral bajo, a una altitud de entre 300 y 400 m sobre el mar. Y, sin embargo, es justamente este emplazamiento lo que explica la suerte de Lato. La ciudad no se levantó a la orilla del agua, sino en un paso defendido por la naturaleza, una doble acrópolis desde la que se podían vigilar los caminos entre la Creta central y la oriental y desde la que la mirada desciende hasta el golfo de Mirabello.

Lato se tiene hoy por uno de los monumentos más hermosos de la Creta clásica y helenística: la ciudad mejor conservada de ese periodo en la isla y una de las mejor conservadas de toda Grecia. Lo que aquí ha llegado hasta nosotros no es un templo solitario en medio de un campo vacío, sino el fragmento de una ciudad verdadera: calles, plazas, casas, santuarios, un área teatral, depósitos de agua y los edificios en los que se tomaban las decisiones políticas. Solo se ha excavado una parte, y el recinto vallado que se abre al público corresponde al núcleo cívico, no al asentamiento entero. Lato no muestra la Grecia antigua como una galería de estatuas de mármol, sino como un tejido de muchas capas hecho de vida cotidiana, administración, comercio, religión y acuerdos entre comunidades.

Lato Etera y Lato pros Kamara

En las fuentes antiguas y en la investigación moderna aparecen dos nombres: Lato Etera y Lato pros Kamara. No son dos grafías de un mismo lugar. Lato Etera es la ciudad de montaña cuyas ruinas se ven cerca de Kritsá. Lato pros Kamara – «Lato junto a Kamara» –, o sencillamente Kamara, era su barrio portuario en la costa, en el solar de la actual Agios Nikolaos. El geógrafo Ptolomeo cita la población costera, y un antiguo derrotero la sitúa a corta distancia al este de Olunte.

La palabra «Etera» significa «la otra». Servía para distinguir dos centros que formaban una unidad, una vez que la Kamara costera empezó a desempeñar un papel cada vez mayor. Semejante desdoblamiento resultaba práctico: en los montes quedaba el centro político, bien resguardado; junto al mar, el puerto por el que pasaban naves, mercancías y contactos con otras ciudades. La ciudad portuaria habría de sobrevivir varios siglos a su metrópoli y siguió en uso hasta bien entrada la época romana.

La ciudad de los dorios

Lato tomó forma como polis doria en época arcaica, probablemente en el siglo VII a. C.; para entonces existía ya un asentamiento organizado. La comarca había estado habitada en tiempos minoicos, como prueban las tumbas de cámara del Minoico Reciente cercanas a Kritsá, y los fragmentos cerámicos del siglo XII a. C. hallados en el propio yacimiento hacen pensar que el collado estaba ocupado ya en las postrimerías de la Edad del Bronce. Los dorios eran uno de los grandes pueblos de lengua griega del mundo antiguo. Su presencia en Creta se dejó sentir no solo en la lengua, sino en las instituciones políticas, en una cultura de la guerra, en los cultos y en el sistema de comunidades de ciudadanos.

La ciudad ocupaba el collado entre dos alturas, una acrópolis septentrional y otra meridional. Las laderas constituían una defensa natural, y unos muros reforzaban los tramos más vulnerables; una muralla de circunvalación cerraba el resto. La entrada era por sí sola una pequeña fortaleza: quien llegaba tenía que atravesar tres vanos sucesivos con dos patios pequeños entre ellos, de manera que el atacante que forzaba la primera puerta se veía acorralado antes de alcanzar la siguiente. Las calles trepan siguiendo el terreno, por lo que no conviene imaginar Lato como una cuadrícula llana de manzanas. Sus constructores acomodaron casas, escaleras y muros de contención a la montaña e hicieron del incómodo relieve una pieza más de las defensas de la ciudad.

La ciudad dominaba un territorio considerable, la chora. El término no designaba únicamente los campos que rodeaban la polis, sino todo el distrito rural que alimentaba a la ciudad, le proporcionaba sus materias primas y estaba sujeto a sus decisiones políticas. El territorio de Lato abarcaba las tierras de las actuales Agios Nikolaos, Kritsá y Kroustas con sus alrededores, y en el monte Thilakas, a cosa de un kilómetro y medio al sureste de la población, mantenía un santuario en pleno campo; las fronteras se fijaban mediante tratados con las ciudades vecinas. Sin la chora Lato no habría podido existir: las plazas y los santuarios de la ciudad dependían de los labradores, pastores, artesanos y trabajadores del puerto que vivían extramuros.

Calles, plazas y casas

Lato: la ciudad de las dos colinas y el corazón político de la Creta oriental

El verdadero valor de Lato reside en que deja ver cómo se trababan el espacio público y el privado. Por la puerta de la ciudad, bien conservada, el visitante entra en la calle principal, que asciende unos ochenta peldaños hasta el ágora; la flanqueaban tiendas y talleres, entre ellos una tintorería. Por las laderas discurren senderos, y unas escaleras enlazan los distintos niveles. Las casas se construyeron en terrazas: un mismo muro podía sostener a la vez la parcela contigua, y la cubierta de una casa baja podía hacer de patio de la que quedaba encima. Con ello se ahorraba espacio y se protegía la ciudad de los corrimientos de tierra.

Los barrios de viviendas tenían patios pequeños, despensas y estancias destinadas a los oficios, y muchas casas contaban con una cisterna propia tallada en la roca. En la polis antigua la casa particular no vivía de espaldas a la vida pública: la familia tomaba parte en los cultos, las fiestas, las obligaciones militares y las asambleas. El camino de la casa al ágora pasaba por las callejas de la ciudad, donde la gente se encontraba, intercambiaba noticias y cerraba tratos.

El ágora era más que un mercado. La plaza abierta, situada en el collado entre las dos colinas, servía al comercio, a las reuniones, a los pregones y a la vida política. Aquí podían debatirse las decisiones sobre la guerra, las alianzas, las levas y las relaciones con las ciudades vecinas. A lo largo de su lado occidental corría una estoa dórica, un pórtico columnado con gradas en tres de sus lados; por el norte, una ancha escalinata sube hacia el pritaneo. La mayor parte de los edificios que hoy se ven en torno a la plaza datan de los siglos IV y III a. C., la época de esplendor de la ciudad.

El teatro y la palabra pública

El teatro de Lato quedaba junto al centro cívico, en la ladera de la altura meridional y al pie de un templo; se trata de un área teatral con gradas en parte construidas y en parte talladas en la roca, más que de un teatro al modo de los grandes edificios del continente. Sus filas son rectas, no curvas – diez u once en el lado oriental, siete u ocho en el occidental, cada una de unos treinta centímetros de alto por sesenta de fondo –, y se calcula que daban cabida a unas 350 personas. A su lado hay una exedra rectangular, y el espacio abierto que se extiende delante, largo y estrecho, de unos treinta y un metros por quince, descansa sobre un muro de contención. El conjunto se trazó a finales del siglo IV o en la primera mitad del III a. C. En la polis griega el teatro no era solo un lugar para representaciones. En él podían celebrarse asambleas, fiestas y ceremonias, y las obras dramáticas permitían a los ciudadanos pensar a fondo las cuestiones del poder, la justicia, la guerra y las relaciones entre generaciones.

La forma abierta del teatro unía el espacio escénico con el paisaje. El espectador no tenía ante sí un edificio cerrado, sino, de una sola vez, a los actores, las laderas del valle y la línea del horizonte. La disposición acentuaba el carácter comunitario de la representación: la ciudad misma se convertía, por así decirlo, en parte de la obra. Algo de aquel uso ha regresado en los últimos años, pues desde 2006 se celebra una vez al año un acto cultural en el ágora contigua.

Pritaneo y simposio

Uno de los edificios públicos más importantes de Lato, levantado en el lado norte del ágora sobre una ancha escalinata, se interpreta generalmente como el pritaneo. Las propias gradas formaban parte del dispositivo: siete hileras, divididas por escalerillas estrechas en tres sectores, en las que podían sentarse unas ochenta personas. El pritaneo, construido en la segunda mitad del siglo IV a. C., era el lugar donde se reunían los representantes de la ciudad y se celebraban las recepciones oficiales. En él se mantenía encendido el fuego sagrado de la comunidad, y ciertos cargos podían ser alimentados a expensas públicas en reconocimiento de sus servicios.

En la arquitectura del edificio destaca un patio, junto con estancias vinculadas a las reuniones y a las comidas en común: una sala para deliberar y otra para los banquetes en los que se servía de comer y de beber a los magistrados y a los enviados de otras ciudades. La sala principal tenía en el centro la eschara, el hogar, rodeada por un doble escalón de bancos con ocho asientos cada uno; se cree que dos estancias del lado norte albergaban los archivos de la ciudad. Para la polis antigua no eran estas menudencias domésticas, sino parte del engranaje político: a la mesa se recibía a los embajadores, se confirmaban las alianzas y se hacía gala del rango de la ciudad.

El abastecimiento de agua y la cisterna

Para una ciudad de montaña el agua era cuestión de seguridad. Lato dependía de grandes depósitos, entre ellos la cisterna pública, la dexameni, en mitad del ágora – un vaso aproximadamente cuadrado, hundido unos seis metros en el suelo, cubierto en origen y al que se bajaba por una escalera –, donde se recogía el agua de lluvia; a ellos se sumaban las numerosas cisternas menores excavadas en la roca para las casas particulares. En el clima seco de Creta un sistema así permitía superar el verano y los asedios, y abastecer casas, talleres y santuarios.

La cisterna era algo más que una obra de ingeniería. Su posición condicionaba el trazado de las calles, y el acceso al agua exigía normas y vigilancia. El depósito público ataba a los habitantes en una dependencia común: la destrucción del suministro de agua habría puesto en peligro a la polis entera. Que se situara en el centro mismo de la plaza cívica, junto a un templo y al pie de la escalinata del pritaneo, dice mucho de la importancia que le concedían los ciudadanos.

Santuarios y vida religiosa

Lato era una ciudad de dioses, fiestas y sacrificios. En mitad del ágora, justo al sur de la cisterna, se alzaba un pequeño templo rectangular sin columnas; en la altura meridional, otro mayor, de unos diez metros por dieciséis, con un pórtico alargado que daba paso a una cella cuadrada y, delante, un altar elevado sobre dos gradas. No se sabe a qué divinidad estaba consagrado ninguno de los dos. Los arqueólogos hallaron santuarios y gran número de figurillas de terracota, pequeños exvotos de barro ofrecidos a los dioses; muchas de las procedentes del templete del ágora se remontan al siglo VI a. C. Su reducido tamaño no implica escasa importancia: objetos como estos solían ser más asequibles que las costosas estatuas de mármol y permitían a un amplio círculo de personas tomar parte en el culto.

El nombre de Leto vincula la ciudad con el culto de la madre de Apolo y Ártemis. Pero la vida religiosa de la polis no se ceñía a una sola divinidad. Había cultos diversos relacionados con la protección en la guerra, la fecundidad, la vida familiar, el mar y el bienestar de la comunidad. Las monedas que Lato acuñó por cuenta propia muestran a Ilitía, la que asiste en los partos, y a Hermes. En otros lugares de Creta se veneraba a Ilitía en Eleuterna y en las cuevas sagradas de Amnisos e Inatos, y las figuras de barro de mujeres encintas y lactantes depositadas en sus santuarios dejan ver a las claras lo que se le pedía.

Tratados y relaciones con los vecinos

Lato no vivía aislada. Las ciudades-estado cretenses sellaban alianzas, rivalizaban por tierras y puertos, tomaban parte en guerras y recurrían a potencias exteriores. Las inscripciones conservadas permiten entrever, tras las ruinas, relaciones diplomáticas concretas. Para finales del siglo III a. C. están atestiguados litigios fronterizos con los vecinos: con Hierapitna, con Lito y con Olunte, en la bahía de la actual Elunda. La querella con Olunte fue la que más se alargó. Entre 118 y 113 a. C. se llamó a Cnosos como árbitro, y su fallo, confirmado por una embajada romana encabezada por Quinto Fabio que llegó a Creta en 113 a. C., adjudicó a Lato la isla de Pirra con el promontorio vecino y el templo de Dera, mientras que Olunte se quedó con una nave en disputa y su cargamento. Debían colocarse copias del laudo en los templos de las tres ciudades, en Dera y en el santuario de Apolo en Delos.

Un testimonio importante es el tratado de Lato con Hierapitna, la ciudad de la zona de la moderna Ierápetra. Los acuerdos de esta clase establecían a quién había que tener por amigo y a quién por enemigo, cómo debía prestarse la ayuda militar y de qué manera había de protegerse el territorio. Se conocen asimismo documentos que relacionan a Lato con ciudades de fuera de Creta.

Nearco y la memoria de los grandes hombres

A Lato va unido el nombre de Nearco, almirante y compañero de Alejandro Magno. Nearco, hijo de Andrótimo, había sido nombrado gobernador de Licia y Panfilia en 334/333 a. C.; en 326 a. C. asumió el mando de la flota de Alejandro en el río Hidaspes y dirigió la célebre travesía desde Pátala, en el Indo, por el golfo Pérsico hasta la desembocadura del Tigris, en tierras del imperio macedonio. Escribió su propio relato de la empresa, hoy perdido; los autores antiguos, sobre todo Arriano en su Índica y Estrabón en su Geografía, conservaron lo esencial, y se cuenta entre las primeras descripciones detalladas de las costas del océano Índico elaboradas para el mundo griego.

Hasta qué punto estuvo Nearco realmente ligado a Lato es cuestión debatida: las fuentes lo llaman cretense y lo relacionan con la Creta oriental, aunque su familia se estableció en Anfípolis, en Macedonia, durante el reinado de Filipo II; la tradición local posterior – a la que se atiene el servicio arqueológico griego – hace de él un hijo o ciudadano nativo de Lato. Es más prudente, por tanto, decir que Lato consideraba a Nearco su paisano más ilustre que tomar una tradición tardía por biografía documentada.

El declive de la ciudad de montaña y el auge de Kamara

Entre finales del siglo III y comienzos del II a. C. empezó a crecer la importancia del asentamiento portuario de Kamara. El comercio marítimo, el desarrollo de la navegación y el cambio de la situación política fueron desplazando el peso hacia la costa. Lato Etera no desapareció de un día para otro, pero algunas de sus funciones pasaron a la ciudad costera y, a medida que aumentaba el tráfico por mar, también los habitantes fueron bajando; se cree que la ciudad del monte estaba en buena parte abandonada hacia el 200 a. C.

Este proceso explica por qué la moderna Agios Nikolaos y las ruinas serranas de Lato comparten una historia pero ofrecen rostros arqueológicos distintos. En las colinas se conservó el centro cívico de la polis doria; junto al mar se desarrolló Kamara, que más tarde sería la base de la futura ciudad y cuyos restos yacen bajo la actual. El traslado de la vida económica de la altura al puerto no fue la caída de una civilización, sino un cambio en sus rutas.

En época romana la franja costera siguió desempeñando un papel importante, mientras la ciudad de montaña perdía poco a poco su población. Más tarde Lato Etera quedó abandonada, y sus edificios se convirtieron en un archivo de piedra: muros, escaleras y edificios públicos guardaron la planta de una comunidad desaparecida.

El descubrimiento por los arqueólogos

Las primeras investigaciones de Lato van ligadas al interés que viajeros y arqueólogos europeos sintieron por Creta. Ya en 1865 el oficial de la marina británica Thomas Spratt describió las ruinas en su obra Travels in Crete, aunque las tomó por los restos de Olunte o de Oleros; fueron los arqueólogos F. Halbherr, L. Mariani y A. Taramelli quienes identificaron correctamente el lugar como Lato. Entre 1894 y 1896 Arthur Evans llevó a cabo aquí una exploración de pequeña escala, y después acometió excavaciones sistemáticas la Escuela Francesa de Arqueología: primero de 1899 a 1901, bajo la dirección de Joseph Demargne, y de nuevo desde 1968 hasta entrados los años setenta, con Pierre Ducrey, Olivier Picard y Vasso Chatzimichali. Los trabajos permitieron no solo sacar a la luz edificios aislados, sino recuperar la relación entre calles, centros cívicos y defensas.

Un monumento arqueológico no debe darse nunca por definitivamente «leído». Los nuevos métodos – el análisis de la cerámica, el estudio de las inscripciones, el levantamiento digital del terreno y la comparación con otras ciudades-estado – modifican sin cesar la imagen de la ciudad. Cualquier hallazgo nuevo puede corregir la datación de un edificio o revelar que una estancia tenía otro destino. En Lato, además, la ciudad solo se ha excavado parcialmente, de modo que queda mucho por aprender.

La visita a Lato

A Lato se llega con la mayor comodidad desde Agios Nikolaos pasando por Kritsá, el pueblo más cercano, desde el cual los últimos tres o cuatro kilómetros pueden hacerse en coche, en taxi o a pie. En cuanto se deja atrás el paseo marítimo de la ciudad, la carretera cambia pronto de carácter: las casas se van quedando atrás y les suceden olivares, laderas y amplias vistas sobre la Creta oriental. La excursión puede combinarse con una visita a la Panagía Kerá, cerca de Kritsá, aunque los dos lugares piden un ritmo distinto: en Lato se camina por sendas de piedra irregulares; en la iglesia la atención se va a los frescos y al interior.

Una vez allí, lo mejor es subir primero a los niveles superiores y abarcar la disposición general de la ciudad, para bajar después al ágora, al área teatral, al pritaneo y a la cisterna. Este orden ayuda a ver Lato como un asentamiento coherente y no como una colección de ruinas sueltas. La puerta principal es la única entrada, de modo que toda visita comienza, como en la Antigüedad, por la calle escalonada. El yacimiento abre por regla general solo desde la mañana hasta primera hora de la tarde y cierra un día a la semana; conviene comprobar de antemano el horario exacto y el módico precio de la entrada. La mejor estación es la primavera, cuando las laderas están en flor.

Lato es uno de esos monumentos en los que el paisaje no puede separarse de la historia. La subida a la colina explica las defensas; la vista de la bahía, la importancia de Kamara; la cisterna, el valor del agua; el teatro, el papel de la palabra pública, y las inscripciones hacen inteligibles los enredos entre las ciudades. Lo que aquí se contempla no son solo las ruinas de una polis doria, sino el engranaje que mantenía viva a una ciudad antigua: ciudadanos, labradores, marineros, artesanos, sacerdotes, embajadores y guerreros formaban parte de una misma comunidad política.

Lato en pocas palabras

El valle, encajado entre dos cumbres, está sembrado de restos antiguos. Lato Etera fue fundada por los dorios en el siglo VII a. C. Los belicosos dorios ciñeron la ciudad de murallas y dominaron todo el valle. Le dieron el nombre de la diosa Leto, madre de Apolo y Ártemis y patrona de las parturientas. La actual Agios Nikolaos era el puerto comercial de los dorios y se llamaba entonces Lato pros Kamara. La ciudad acuñaba moneda propia. De Lato Etera procedía Nearco, el compañero íntimo de Alejandro Magno y comandante de toda su flota. Pueden verse el centro comercial, el ágora; el santuario en el que los arqueólogos hallaron gran número de estatuillas de barro; el teatro, con cabida para unas 350 personas, donde los ciudadanos no solo asistían a representaciones sino que también celebraban debates, y el pritaneo, la sede del gobierno, como diríamos hoy. Tiene dos grandes salas: una para las sesiones y otra para los simposios, las libaciones y los festejos con que se agasajaba a los «miembros del gobierno» y a los enviados de otras ciudades. Está luego la dexameni, el gran depósito de agua: la ciudad disponía de abastecimiento propio. El templo mayor se alza en la colina sur, con diez metros por dieciséis y su altar delante. Quien ha recorrido Lato Etera se lleva una idea del alto nivel de organización urbana de los antiguos griegos y de la sensatez de sus métodos de construcción, que siguen siendo válidos hoy.