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Sobre una colina baja que domina el mar, en el punto donde Creta es más estrecha, se extiende Gurniá (Γουρνιά), uno de los yacimientos más reveladores de la civilización minoica y también uno de los más tranquilos. Se la conoce como la «Pompeya de Creta», y quien divise en la ladera las líneas grises de sus muros desde la carretera de la costa entre Agios Nikolaos e Ierápetra comprenderá al instante por qué: aquí queda a la vista una ciudad entera. Su apogeo corresponde al Minoico Reciente I, aproximadamente entre 1550 y 1450 a. C., y casi todo lo que hoy contempla el visitante data de aquella época, cuando en unas sesenta casas vivían, según se calcula, entre 500 y 800 personas. El yacimiento se halla a unos 19 km al este de Agios Nikolaos, poco antes del pueblo de Pachia Ammos y pegado a la carretera; el mar queda a solo unos centenares de metros al norte.
El emplazamiento se eligió con cuidado. Gurniá domina el extremo septentrional del istmo de Ierápetra, la lengua de tierra de apenas unos kilómetros de anchura por la que las mercancías podían llevarse del mar de Creta al mar de Libia sin necesidad de doblar por mar la punta oriental de la isla. Ocupa una pequeña franja de llanura costera, cerrada por montañas al este y al nordeste y por colinas más bajas al oeste, y en la Edad del Bronce había un puerto en la desembocadura de un arroyo que antaño corría todo el año y hoy está seco. Las huellas más antiguas de actividad humana en la colina pertenecen al Minoico Antiguo III, hacia 2300 a. C.; excavaciones más recientes han sacado a la luz fragmentos cerámicos y restos de construcciones que se remontan aún más atrás, a las fases iniciales del Minoico Antiguo, e incluso el uso neolítico de un abrigo rocoso cercano. Del Minoico Medio (2000–1600 a. C.), cuando el asentamiento creció considerablemente, se conservan muros, suelos de estuco y trazados de calles anteriores, y hacia el final de esa era se levantó el palacio en la cima. En torno a 1450 a. C., este y la ciudad que lo rodeaba fueron pasto de las llamas, al mismo tiempo que los demás centros minoicos de la isla. Alrededor de medio siglo después volvió a poblarse una parte de la colina, ahora bajo influencia micénica, con un edificio de tipo mégaron y un pequeño santuario propio que miraba sobre las ruinas; hacia 1200 a. C. el lugar fue abandonado definitivamente.
Dos calles principales empedradas rodean la colina en anillo y las cruzan estrechas callejas laterales, a menudo escalonadas, de manera que se forman manzanas de casas; se han descubierto siete de estos barrios, y el sistema viario en conjunto suma más de medio kilómetro. La superficie excavada abarca unas 1,7 hectáreas, aunque en su máxima extensión la ciudad pudo ocupar unas cuatro. Carecía de fortificaciones. Sus casas se alzaban pared con pared, tenían dos plantas y eran pequeñas: las mayores apenas miden cinco metros por cinco. La planta baja, de mampostería, servía de almacén y de taller, y con frecuencia solo se accedía a ella por una escalera de mano de madera desde arriba, razón por la cual muchas estancias no tienen puerta; se vivía en el piso superior, de adobe, al que conducían unos peldaños directamente desde la calleja. Bajo el pavimento corría una sencilla red de canales de desagüe.
En estas casas los excavadores hallaron los talleres de fundidores de bronce, carpinteros y alfareros, junto con cinceles, martillos, sierras, anzuelos, pesas de telar y juegos enteros de vasijas de barro. Gurniá parece haber sido ante todo una ciudad de artesanos: se han identificado más de cincuenta áreas de trabajo – de cerámica, de vasos de piedra y de bronce –, además de una superposición de once hornos construidos uno sobre otro y de lingotes de cobre y de estaño, mientras que en la mayoría de las casas había tan pocas tinajas de almacenamiento que sus ocupantes debían de trocar sus productos por alimentos. Las herramientas yacían allí donde se habían usado por última vez, testigos de un final repentino. Su causa sigue discutiéndose. Durante mucho tiempo se culpó a la erupción del volcán de Santorini y al maremoto que la siguió, y esa explicación aún se repite a menudo; la mayoría de los estudiosos, sin embargo, sitúa hoy la erupción bastante antes y, para el incendio de hacia 1450 a. C., piensa más bien en un terremoto o en la violencia de las armas.
En el punto más alto de la colina se alza el palacio, probablemente la sede de un gobernante local y, comparado con Cnosos o Festo, un edificio de escala casi doméstica. Albergaba una sala central, aposentos, estancias para banquetes y almacenes; una sola habitación deparó más de setecientas copas cónicas, depositadas en dos ofrendas ceremoniales. Su fachada occidental estaba concebida, no obstante, para impresionar: de sillares labrados, con retranqueos, una puerta central y ventanas, mientras que el frente norte se levantó con enormes bloques; la sala se abría al patio mediante una hilera en la que alternaban columnas redondas de madera y pilares cuadrados de piedra. Al sur se extiende un espacio abierto rectangular de unos 500 m² que se tiene por el mercado y lugar de reunión. Un tramo de gradas en forma de L situado en su borde se interpreta como una modesta escalinata «teatral» desde la que los habitantes presenciaban las ceremonias rituales. Muy cerca yace una gran losa de piedra perforada, entendida como mesa de sacrificios – quizá para el sacrificio de toros –, y un kernos, una piedra con pequeñas cavidades para las ofrendas.
Algo al norte del palacio, al fondo de un breve callejón sin salida propio, se levanta un diminuto santuario rectangular con un banco de piedra para los objetos de culto. Aquí se veneraba a la diosa minoica de las serpientes: se encontraron ídolos de barro de la diosa con los brazos en alto, una mesa de ofrendas de tres patas y los llamados tubos de serpientes, soportes tubulares decorados con estos reptiles. Nadie sabe cómo se llamaba la ciudad en la Edad del Bronce; el hecho mismo de que su nombre se haya perdido confiere al lugar su peculiar gravedad. Los hallazgos – vasijas, herramientas de bronce, sellos, objetos de culto – se reparten hoy entre varios museos de la isla, con el Museo Arqueológico de Heraclión a la cabeza; una parte del material de las primeras excavaciones fue a parar además al Penn Museum de Filadelfia, que había financiado los trabajos.